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Jueves, 12 de julio de 2007
LA VENGANZA

La terrorista que luce rostro afilado y sonriente en los carteles policiales de los etarras m?s buscados aguarda con paciencia inquieta en el and?n de la estaci?n de Eibar, ajena como en una pel?cula muda al ir y venir indiferente y despreocupado de los viajeros que apenas reparan en su an?nima presencia. Est? acostumbrada a esperar, como sus dos compa?eros de comando. La v?spera, su pr?xima v?ctima, un joven concejal del PP de expresi?n ani?ada y maneras amables, trastoc? inocentemente su rutina cotidiana y se traslad? en el coche de su padre hasta su puesto de trabajo en la localidad eibarresa, en vez de hacerlo en uno de los vagones en los que se desplaza casi cada d?a. ?l no lo sabe, no lo sabr? nunca, pero ese gesto inconsciente le ha regalado 24 horas m?s de una existencia sencilla y convencional apenas alterada por el compromiso pol?tico en el Ayuntamiento de su pueblo, Ermua, un crisol fronterizo de gentes diversas y cercanas donde el miedo a ETA resulta todav?a tan difuso que su concejal no lleva escolta. Hoy, 10 de julio de 1997, el edil se ha enfundado una camisa color salm?n sobre los vaqueros y ha vuelto a tomar el tren, despu?s de comer en casa, para regresar a sus tareas de economista vocacional en la empresa 'Eman Consulting'. El comando se prepara para aliviar su frustraci?n.

Mientras la terrorista aguarda a su v?ctima, la felicidad anodina del verano aflora en las calles de Euskadi. La ciudadan?a va recuperando poco a poco el aliento tras el inesperado desenlace, apenas nueve d?as antes, de los largos secuestros de Jos? Antonio Ortega Lara y de Cosme Delclaux; esa ciudadan?a sobrecogida a?n por la imagen inolvidable del funcionario de prisiones, convertido en un cad?ver en vida por sus captores. Quiz?s uno de esos d?as de principios de julio, Miguel ?ngel Blanco Garrido repiti? lo que su familia le hab?a escuchado tantas veces confesar, que ?l no ser?a capaz de soportar ?ni tres d?as? encerrado en un zulo de ETA. En los peri?dicos, las emisoras de radio y las cadenas de televisi?n a?n resuenan las desafiantes palabras del coportavoz de la mesa nacional de HB, Floren Aoiz, advirtiendo de que despu?s de ?la borrachera policial? por la dram?tica localizaci?n de Ortega Lara podr?a venir ?la resaca?.

La terrorista y su nueva v?ctima se encuentran fatalmente en el apeadero de la plaza Unzaga de Eibar a las tres y media de la tarde. Blanco siempre ha sido un trabajador cumplidor, as? le han educado en un hogar humilde pero desahogado en el que su padre ha rumiado en silencio su preocupaci?n por los meses en que su primog?nito no lograba un contrato acorde a sus estudios. El concejal camina tal vez abstra?do en las baquetas de su bater?a, en los potes que pensaba disfrutar con su cuadrilla, en los planes de convivencia con su novia de entonces. Irantzu Gallastegi Sodupe, la hist?rica integrante del sanguinario 'comando Donosti', la etarra que sonr?e desde las fotograf?as policiales, abandona su espera y se acerca con determinaci?n disimulada al corporativo. Sus compa?eros, el futuro 'n?mero uno' de la banda Francisco Javier Garc?a Gaztelu y Jos? Luis Geresta Mujika, tambi?n esperan, ellos guarecidos en un veh?culo oscuro aparcado en las inmediaciones de la estaci?n. Los etarras se han asegurado el aparcamiento. Se lo ha garantizado el ex concejal de HB de Eibar Ibon Mu?oa, el mismo que les ha ofrecido cobijo en su casa para que puedan planificar con sosiego clandestino el secuestro de su v?ctima, el mismo que puede controlar con un golpe de vista los movimientos de Blanco porque su taller de recambios dista tan s?lo 200 metros de la empresa del edil popular. S?lo son un par de centenares de metros. Pero representan el abismo insalvable entre la civilidad democr?tica y la inhumanidad fan?tica que ha perdido todo rastro de compasi?n.

Gallastegi y Blanco, ambos veintea?eros, tan j?venes que podr?an pasar por colegas de barrio, caminan juntos hacia el coche. Tal vez la etarra le amedrenta con forzado sigilo, tal vez le persuade con palabras aparentemente inocentes, tal vez s?lo le apremia con la convicci?n necesaria. Tal vez. Pero aturde tener la certeza de que cuando se aproxim? a ?l estaba dictando ya su sentencia de muerte. Los terroristas, que han preguntado discretamente en los ?ltimos d?as por una bajera en la que retener al secuestrado, conducen a Blanco hasta un escondrijo impermeable a las intensas pesquisas policiales que se desplegar?n un pu?ado de horas m?s tarde. Blanco, ya lo sabemos, es un empleado puntual. Mientras su repentina e inexplicable ausencia empieza a inquietar a sus compa?eros, Mu?oa se entera por la radio de que ETA acaba de capturar a un concejal del PP y la tranquilidad estival sigue fluyendo, ajena a la tragedia que se avecina, en las calles de Euskadi.

A las seis y media de la tarde, la banda confirma ante el mundo que ha secuestrado a Miguel ?ngel Blanco y fija sus inaceptables condiciones para liberarlo en una comunicaci?n an?nima en 'Gara Irratia'. El aviso determina la singularidad del secuestro. La organizaci?n terrorista no s?lo no exige rescate, sino que tampoco est? dispuesta a librar su pulso con el Estado sin fecha de caducidad. Es un ultim?tum. O el Gobierno reagrupa al medio millar de presos etarras en c?rceles del Pa?s Vasco o Blanco morir? en 48 horas. En realidad, restan menos de dos d?as. La amenaza vence a las cuatro de la tarde de ese s?bado, 12 de julio. El comunicado sacude las redacciones period?sticas con una mezcla de incredulidad, estupor y obligada curiosidad por saber qui?n es ese joven concejal de Ermua y por qu? resulta tan importante para ETA.

Los reporteros buscan respuestas entre sus compa?eros de partido y vecinos de barrio, incapaces de asimilar que Miguel ?ngel, el Miguel ?ngel del redoble de bater?a en su grupo de m?sica y la labor callada en el Ayuntamiento, haya ca?do en manos de ETA. Los gobiernos central y vasco emprenden una carrera policial a la desesperada para tratar de localizar el zulo donde el comando ha conducido a su v?ctima. El presidente Aznar habla con el lehendakari Ardanza. El Rey es puesto puntualmente al corriente de lo que ocurre. Y en esta tarde aciaga, desconocedor del se?smo emocional que va a sufrir su vida, un hombre enjuto de mirada extraviada llega a su hogar en la calle Iparraguirre de Ermua. Es Miguel Blanco, el alba?il que ha visto crecer a sus dos hijos en la vivienda que ?l mismo ayud? a levantar, el esposo de una mujer devotamente creyente de nervios quebradizos. Los reporteros congregados ya ante el domicilio familiar le preguntan por su primog?nito, el corporativo secuestrado. El gesto desvalido de su padre, de un aturdimiento infinito, definir? mejor que cualquier otro el estremecimiento que est? a punto de recorrer todo el pa?s.

Anochece en Ermua. El infierno de los Blanco Garrido no ha hecho m?s que comenzar.

EL DESPERTAR C?VICO

Es la primera madrugada de angustioso duermevela, la primera en que Miguel ?ngel no descansa en su habitaci?n. Varias semanas atr?s, una fr?a ma?ana de marzo, su hermana Mari Mar le despert? con cuidadoso cari?o para despedirse de ?l antes de viajar a Escocia, donde iba a proseguir sus estudios de Turismo. A?n adormilado, el edil le prometi? que intentar?a hacer una escapada para visitarla. Es la ?ltima vez que Mari Mar lo contempla con vida. ?Llevo cuatro meses sin verte. Nunca hubiera imaginado que no estar?as a mi vuelta?, le dir? a su hermano ausente cuando se agotaban las horas para que ETA cumpliera su amenaza. Desde que se confirma la devastadora noticia del secuestro, la Embajada espa?ola en Londres se desvive para localizar a la joven y agilizar los tr?mites para que pueda regresar a Ermua lo antes posible. Las fuerzas de seguridad act?an con la misma acuciante celeridad. Decenas de agentes peinan la comarca, registran caser?os, pinchan tel?fonos por orden del juez de la Audiencia Nacional Manuel Garc?a Castell?n. El esfuerzo es exhaustivo, diligente, veloz, entregado. Y las expectativas de encontrar al edil, raqu?ticas. El secretario de Estado para la Seguridad, Ricardo Mart? Flux? admite en Bilbao que Interior no ha emprendido ninguna l?nea de investigaci?n ?con visos de prosperar?. El lehendakari Ardanza sugiere, con palpable desesperanza, que ETA cumplir? su ultim?tum. Jos? Mar?a Aznar interioriza ?desde el primer momento? que acabar?n matando a su correligionario. Y unos y otros interpretan el cautiverio como la encolerizada 'vendetta' de la organizaci?n armada ante el ?xito de la liberaci?n de Ortega Lara.

En alg?n lugar a resguardo del operativo policial, del sufrimiento inimaginable de los Blanco y de la ira ciudadana, 'Amaia', 'Txapote' y 'Oker' custodian a su v?ctima mientras se preparan para asesinarle. Al fin y al cabo, ?se es el despiadado sentido de sus vidas. Saben que el Gobierno no va a ceder, no puede hacerlo porque el chantaje decretado por la c?pula de ETA, del que ellos son sus principales y disciplinados ejecutores, resulta inasumible para el Estado de Derecho. El corporativo popular tambi?n lo sabe. Lo han dejado escrito en su veredicto, con descarnada asepsia judicial, los magistrados que a?os despu?s sentenciaron lo ocurrido, persuadidos de que Blanco era consciente de que el reloj de arena del terror avanzaba en su contra porque su rescate no se pagaba con dinero. Y de que los terroristas no tendr?an clemencia alguna.

La conmoci?n que invade a la inmensa mayor?a de la sociedad vasca no logra franquear las paredes blindadas del zulo. El padecimiento de los Blanco ha contagiado con tal intensidad a sus convecinos que ?stos han transformado su turbaci?n inicial en una indignaci?n epid?rmica, que se confronta radicalmente con el empecinamiento prepol?tico de ETA. Las ventanas de Ermua empiezan a llenarse de carteles que exigen la inmediata puesta en libertad de su concejal. 'Te esperamos, Miguel', reza el que recibe al desolado visitante en el hogar de la familia. Entre sus cuatro paredes, Consuelo Garrido se refugia en la fe y los tranquilizantes para tratar de sobrellevar un trance tan lacerante que ni ella, con su agudo instinto de madre inquieta por la implicaci?n pol?tica de su primog?nito, hab?a llegado siquiera a concebir.

En el Ayuntamiento y la ciudadan?a de Ermua ha prendido ya un in?dito sentimiento de rabia colectivo, c?vico, frontalmente opuesto a tolerar esta vez la anormalidad normalizada que ETA ha conseguido imponer durante d?cadas de violencia sin tregua. En la tenebrosa lista del terror, Miguel ?ngel Blanco suma el secuestrado n?mero 78 de la banda y est? a punto de convertirse en su v?ctima mortal 778. Mientras los responsables de Interior de ambos gobiernos rastrean Euskadi palmo a palmo en una b?squeda ?mproba e infructuosa, los vecinos del concejal, simples ciudadanos encrespados ante la amenaza de muerte sobre uno de los suyos, transfieren al resto de la sociedad su resistencia rabiosa, hartos del matonismo de la banda y la complicidad silente de su entorno. La inaudita respuesta, multiplicada por el altavoz masivo de los medios de comunicaci?n, se inocula pueblo a pueblo, ciudad a ciudad. Los dirigentes pol?ticos asisten, con un punto de distancia, sorpresa y tambi?n temor, a esa desconocida movilizaci?n, sincera e ingobernable, que discierne con pasmosa naturalidad d?nde est? la frontera entre la humanidad y el horror. Esa l?nea que la coacci?n violenta y la indiferencia social tantas veces han pervertido.

Esa noche, en la que Euskadi se acuesta con la respiraci?n contenida, Ermua se echa a la calle en una vigilia espont?nea para arropar a la familia de Miguel ?ngel. Las decenas de velas encendidas dejan en el coraz?n del pueblo un reguero de esperanza quemada en vano.

SIN CLEMENCIA

El d?a en que ETA ha prometido que matar? a su v?ctima si el Gobierno no accede a sus exigencias despunta con una asfixiante can?cula, tan irrespirable como la terrible intuici?n del desenlace fatal que se percibe a lo largo y ancho del pa?s. Los periodistas han confeccionado sus cr?nicas con puntillosos detalles que dibujan ante sus semejantes la existencia tranquila, llena de expectativas comunes, del secuestrado. El ultim?tum de los terroristas ha permitido a los informadores conocer al edil mientras a?n sigue con vida, han podido saber de sus ilusiones, aficiones e inquietudes cuando todav?a restaba una brizna de confianza en verlo regresar sano y salvo a la calle Iparraguirre, donde los fot?grafos y las c?maras de televisi?n llevan de guardia horas interminables. Todos han presenciado la expresi?n desencajada de sus padres, el coraje obligado de su hermana. Y ya no pueden sustraerse al tormento de los Blanco porque ETA les ha dado tiempo tambi?n a ellos para encari?arse con el cautivo, con ese concejal de afable biso?ez con el que el alcalde de Ermua, el socialista Carlos Totorika, procuraba no excederse en los plenos municipales.

A mediod?a, decenas de miles de ciudadanos vascos se visten de dignidad y se congregan en una manifestaci?n hist?rica en las calles de Bilbao para suplicar a ETA un ?ltimo gesto de compasi?n. Al frente de la pancarta est?n el presidente del Gobierno y el lehendakari, en una compacta imagen de unidad que no tardar?a en resquebrajarse. Desfondados por la congoja y la desazonadora espera, los Blanco Garrido emprenden un insoportable 'v?a crucis' junto a la muchedumbre que inunda la capital vizca?na en una movilizaci?n por una v?ctima del terrorismo sin parang?n en la historia reciente de Euskadi. La multitud, con lazos azules prendidos en las pecheras, clama contra ETA con un silencio pesado y envolvente que se va transformando en un ins?lito griter?o que reclama libertad.

Es un esfuerzo de solidaridad primitivo y elemental que ni siquiera conf?a en obtener recompensa. Los socialistas han tratado de resucitar alguna de las l?neas discretas de comunicaci?n con la banda abiertas durante el mandato de Felipe Gonz?lez. Resulta un intento est?ril, como lo son los llamamientos del Papa y del conjunto de la comunidad internacional. Como las palabras tr?mulas de una agotada Mari Mar Blanco, que implora en las escalinatas del Ayuntamiento de Bilbao que no asesinen a su hermano. El clamor no conmueve ni a la direcci?n etarra ni tampoco a 'Amaia', 'Oker' y 'Txapote', que tienen en su poder, bien engrasada, la 'Beretta' del calibre 22 con la que la banda ya ha matado antes. ?Todav?a tengo fuerzas?, se escucha musitar en la cabeza de la manifestaci?n a la madre del edil, descompuesta por el dolor. La multitud se disuelve a duras penas a las dos de la tarde. La familia se recluye en su hogar, acompa?ada por los responsables del PP. El ultim?tum finaliza dentro de apenas 120 minutos. En todo el pa?s reina una quietud malsana.

En un momento indeterminado, el comando abandona su escondrijo y traslada a su v?ctima a un paraje solitario de la localidad guipuzcoana de Lasarte. Cuesta tan siquiera imaginar c?mo un ser humano decide privar de su vida a otro, desarmado e indefenso; c?mo se dise?an los pasos homicidas; c?mo se acuerda qui?n vigila y qui?n ejecuta. Gallastegi, Garc?a Gaztelu y Geresta llevan tiempo haci?ndolo con milim?trica frialdad. Los tres conducen su veh?culo hasta una vaguada embarrada por las recientes lluvias; un lugar que les permite maniobrar sigilosamente sin temor a ser sorprendidos. Han encerrado en el maletero al edil, vestido con los mismos vaqueros y la misma camisa que el ?ltimo d?a en que fue visto caminando libremente. Le han atado las manos con un rudimentario cable el?ctrico. Pasadas las cuatro de la tarde, cuando vence el ultim?tum, los terroristas obligan a Blanco a arrodillarse. 'Oker' le sujeta y 'Txapote' le descerraja dos tiros a sangre fr?a con el ca??n tan pr?ximo a la cabeza que casi le roza el cabello. Miguel ?ngel se desploma sacudido por espasmos de muerte, mientras sus captores emprenden la huida. 'Amaia', la etarra del apeadero de Eibar, espera esta vez dentro del veh?culo a sus compa?eros de comando, prestos a hacer desaparecer su evasivo rastro. El eco seco de los disparos se ha desvanecido, sin testigo alguno del crimen. A la madre del edil le atormentar? durante a?os la inc?gnita sobre lo que ocurri? en esos instantes dram?ticos. Sobre lo que pens? su hijo ante la voluntad inconmovible de sus secuestradores.

Dos cazadores encuentran a Blanco, ensangrentado, descalzo y agonizante, cincuenta minutos despu?s que haya expirado el plazo inexorable dado por la banda. Se les representa al segundo de qui?n se trata y qu? hace tendido, abandonado a su suerte, sobre unos matorrales. Ambos recorren a la carrera los apenas 300 metros que distan de su casa. Llaman a sus familiares a voz en grito, sin casi resuello, para que alerten a las fuerzas de seguridad y los equipos sanitarios. Mientras los teletipos anticipan el hallazgo del cuerpo, con el soniquete f?nebre de las malas noticias de urgencia, una ambulancia medicalizada de la Cruz Roja vuela hacia el hospital Nuestra Se?ora de Aranzazu de San Sebasti?n, en un intento postrero de salvar a la v?ctima. Los Blanco ya han recibido la llamada que tanto tem?an. Con el ?nimo hundido, salen presurosos de su domicilio para tratar de llegar al centro sanitario antes de que Miguel ?ngel fallezca solo y desamparado. La confirmaci?n del atentado revienta toda esperanza. Y Euskadi rompe a llorar.

En la balconada del Ayuntamiento de Ermua, su exhausto alcalde se esfuerza en contener su desconsuelo y templar con palabras serenas a la multitud que aguardaba en la calle el vencimiento de la amenaza etarra. Pero la tristeza y la rabia son ya irrefrenables. '?A por ellos!', se oye gritar, en medio de un llanto profundo y sostenido. Totorika tiene entonces uno de esos raptos de lucidez que permiten reaccionar frente a la adversidad. El regidor socialista se sobresalta ante la envergadura de la marea de amargura y c?lera que anega su pueblo e improvisa una nueva manifestaci?n para tratar de agotar, aun m?s si cabe, a sus vaciados conciudadanos. Entre el gent?o camina con sus zapatos de raso en la mano una joven novia, deshecha en el d?a de su boda. Cada ciudadano vasco que ha sentido la p?rdida como suya busca refugio en la desolaci?n comprensiva de los dem?s. Los manifestantes de mediod?a regresan a las calles, donde en las siguientes 24 horas se vivir?n escenas de intensidad tan v?vida como las de fornidos ertzainas despoj?ndose del verduguillo alentados por la muchedumbre. Como las imprecaciones contra quienes pretenden mantenerse inmaculados, disfrutando del calor estival en las herriko tabernas, frente al padecimiento provocado por los terroristas. Como el lehendakari Ardanza, que pactar? con los partidos de la Mesa de Ajuria Enea el aislamiento pol?tico de la izquierda abertzale, subido a un banco improvisadamente para insuflar entereza a sus conciudadanos.

A las cinco de la madrugada, los m?dicos certifican la muerte de Miguel ?ngel Blanco. El obispo Bl?zquez se desplaza al hospital para rezar un responso con el que tratar de aliviar a la familia.

ERMUA ESTALLA

La confirmaci?n del fallecimiento despierta muy pronto a los vecinos de Ermua, muchos de los cuales llevan ya tres noches sin poder conciliar el sue?o. El pueblo, te?ido de gris plomo, est? emocionalmente paralizado ante una tremenda jornada de luto colectivo. El mutismo de doliente resignaci?n que se ha adue?ado de las calles se transforma poco a poco, conforme se aproxima la tarde, en un ronroneo de conversaciones a media voz en los alrededores del Ayuntamiento. La Corporaci?n ha nombrado a su joven edil hijo predilecto del municipio. Los vecinos han retirado de sus ventanas los carteles que ped?an, con un atisbo a?n de esperanza, la liberaci?n de Miguel ?ngel y los han sustituido por un paisaje f?nebre de crespones negros. A las cinco de la tarde, cuando est? prevista la llegada al pueblo del f?retro con los restos de Blanco, la multitud atora ya los accesos al edificio consistorial. En su sal?n de plenos quedar? instalada la capilla ardiente, por la que pasar?n en interminable peregrinaci?n miles de ciudadanos, preludio an?nimo de los solemnes funerales de Estado que se celebrar?n al d?a siguiente en la iglesia parroquial.

El f?retro con el cuerpo amortajado del concejal, cubierto por la ense?a p?rpura del municipio, enfila la entrada del Consistorio a la hora anunciada. Ermua estalla en un rugido sobrecogedor, tanto que los periodistas se miran at?nitos unos a otros, algunos incapaces de contener las l?grimas. La familia Blanco y el alcalde socialista se derrumban en la balconada, mientras las proclamas furiosas -'Vascos s?, ETA no'; 'Asesinos, asesinos'; 'Miguel, Miguel, Miguel'- rebotan en los muros de piedra con un eco creciente e incesante. ?ste es el d?a, 13 de julio de 1997, en el que los vecinos de un pueblo vasco se arrodillan presos de su propia emoci?n desesperada y ofrecen a los terroristas su nuca desnuda.

El joven, indefenso y desconocido tercer concejal del PP en Ermua se ha convertido ya para entonces en un mito democr?tico, cuya dimensi?n simb?lica no lograr? confortar nunca a unos padres y una hermana obligados a odiar por la fuerza. Obligados a rememorar su tragedia intransferible cada vez que ETA, en estos diez a?os, ha vuelto a matar.
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