Un conjunto de pinturas murales de Agustín Ibarrola, que llenaban las paredes y el techo de un edificio de la Compañía de Jesús en Bilbao, han sido destruidas durante la rehabilitación del inmueble. Por encargo de la propia orden religiosa, el artista vasco dibujó el mural entre 1952 y 1953 en el salón de actos del edificio, conocido popularmente como 'los luises' o 'los kotskas' y rebautizado como Arrupe Etxea desde su reapertura, hace un mes aproximadamente. Un portavoz de los jesuitas justifica la decisión por el presunto mal estado de conservación de la obra, de tema entre religioso y social, realizada sobre los muros.
«Padecían humedades y estaban muy mal. Restaurarlas nos hubiera costado tanto como la remodelación completa; no era realmente posible», certifica el ex rector de la Universidad de Deusto Dionisio Aranzadi. El portavoz de la Compañía admite, sin embargo, que las pinturas no han recibido ningún tipo de mantenimiento durante estos años para su adecuada conservación. «Por lo que yo sé, se pensó en qué hacer con ellas y se vio que se desmoronaban», añade Vicente Marcuello, director de la Arrupe Etxea. Paradójicamente, el arquitecto responsable de la rehabilitación del edificio, Ignacio Coupeau, con el que este periódico se puso ayer en contacto a petición de la propia Compañía de Jesús, se negó a hablar de las vicisitudes técnicas que han rodeado a la decisión. «Se trata de una obra particular y no tengo por qué hacerlo», dijo.
El director de la Arrupe Etxea se remite también a sendos informes técnicos de la Diputación de Vizcaya y del Ayuntamiento de Bilbao que, según él, avalarían la decisión de eliminar las pinturas.
El Departamento de Patrimonio de la Diputación, en cambio, niega incluso que haya sido consultado al respecto. Un portavoz del Ayuntamiento precisa que esta institución sólo ha intervenido para conceder la licencia de obras, sin reparar en la existencia del mural, ni en su estado: «Las pinturas no estaban declaradas por el propietario, ni calificadas, por lo tanto, como un bien a proteger; para nuestros técnicos es como si no existieran. Lógicamente, no hay en el Ayuntamiento informe alguno al respecto, sólo el trámite normal de una licencia de obras».
Los dibujos ocupaban las paredes laterales del viejo salón de actos y el techo abovedado que tenía, cuya transformación sí fue permitida por el Ayuntamiento, a pesar de que era un elemento singular de la arquitectura de un tiempo en que se comenzaba a usar el hormigón armado, según la versión del ex rector de la Universidad de Deusto, quien relaciona la autorización para tocar el singular techo con la desaparición de las imágenes pintadas.
Vicente Marcuello asegura, incluso, que antes de emprender las obras se pusieron en contacto con Agustín Ibarrola. «Lo que no sé es en qué quedaron las conversaciones», apunta.
La Ley de Propiedad intelectual determina que los artistas guardan «un derecho moral sobre sus obras», de forma que «para cualquier transformación o modificación de su estado, debe contarse con el autor», informa la Fundación Arte y Derecho, entidad que protege los intereses de los artistas visuales en España. Agustín Ibarrola, que ha puesto el caso en manos de sus abogados, niega que se haya tenido esta consideración con él.
«Debían resistir»
«No ha habido ningún contacto; de eso nada. Nadie nos ha venido a advertir siquiera de lo que pensaban hacer; nadie puede tener el valor de decir ahora que nos habían avisado», comenta la mujer de Ibarrola, Mari Luz Bellido. El propio artista niega además que las pinturas estuvieran en mal estado.
«Todavía no hará diez años que nos acercamos hasta allí porque iban a hacer a algunos trabajos en el edificio, y vimos que las pinturas seguían bien. De hecho -explica Ibarrola-, ése es un trabajo que yo dominaba ya de joven: entonces tenía un estudio en un edificio en desuso en Atxuri y realicé infinidad de pruebas para pinturas murales, y las pinturas tenían que resistir el paso el tiempo; yo creo que seguían estando fenomenal».
Los dibujos, sólo en los muros, cubrían una superficie de más de dos metros de alto por unos cincuenta de largo. Encargados por el padre Pardo al regresar Ibarrola del servicio militar, el artista plasmó, entre las imágenes religiosas, una del Papa Pío XII, y un sinfín de escenas del mundo laboral y social. «Acababa de leer el 'Canto general', de Neruda, y yo quise hacer mi pequeño cántico referido a Euskadi», recuerda.