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sábado, 22 de julio de 2006
La ciudad de Madrid es uno de los folios sobre los que la arquitectura más borradores ha dibujado. Muy pocos de ellos consiguieron plasmarse sobre la piel capitalina, y su compendio narra el relato de un Madrid que pudo ser y no fue. Este ejercicio de arquitectura ficción despierta el interés de los eruditos desde hace tiempo. El primer libro de referencia sobre la cuestión lo publicó el Colegio de Arquitectos hace 20 años, coordinado por Alberto Humanes, con el título El Madrid no construido.

Desde el siglo XVI hasta hoy mismo, el impulso creativo de los arquitectos ha mostrado una querencia reiterada por un puñado de espacios madrileños. Hacia ellos -desde Juan de Herrera y Villanueva a Secundino Zuazo o Asís Cabrero- orientaron sus preferencias. Aunque las motivaciones invocadas para elegir esos espacios han sido bien distintas, todas tienen que ver con el poder y su expresión en el espacio: la centralidad, la convergencia de ejes reales o imaginarios en los que asentar concepciones sobre simetría, armonía, orden en definitiva. Así había sido designado el monasterio-palacio de San Lorenzo del Escorial como eje del poder imperial por Felipe II.

Los espacios elegidos por los arquitectos para proyectar ese otro Madrid acariciaron la idea de aplicarse sobre la Castellana, el Prado, el Buen Retiro, Atocha y la Puerta del Sol. Precisamente, de los proyectos contemporáneos más curiosos destaca el ideado para este último espacio por Antonio Palacios Remilo (1874-1945). Su propósito consistía en retrazar la Puerta del Sol y su extenso contorno aledaño, verdadero laberinto urbano.

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